Llegue buscando un sueño, o dos, o tres, siempre he sido muy de soñar, pero aún no he conseguido nada de lo que vine a buscar. Lo primero que hice tras llegar a San Francisco fue la ruta completa, Googleplex, el garage de Hewlett-Packard, un paseo por Alcatraz, una vuelta por North Beach en busca de fantasmas pasados, pero hace tanto tiempo ya de todo éso, que prácticamente no me acuerdo. Ahora simplemente me levanto temprano y me dirijo a la oficina, una de esas oficinas como en las películas, como soñaba en España, con mesa de billar y máquina de videojuegos de los ochenta, el Battlefield 1942 por cierto. Mucho trabajo, mucha tecnología, pero todavía no he sido capaz de encontrar el alma de esta ciudad, aún no he encontrado el corazón de Tony Bennet.
Algunas tardes acompaño a Mike, mi amigo y cómplice en esos ilusionantes primeros meses, a una de esas reuniones o sesiones para emprendedores, entrepreneurship que llaman ellos, gente que pretende cambiar el mundo. Nosotros vamos con la esperanza de que suene la flauta y podamos cambiar nuestro mundo, es decir, convertirnos en un Larry Page de la vida. Pero nunca pasa nada, últimamente ya ni siquiera les escucho, porque ya les he escuchado antes, les he escuchado muchas veces, por YouTube, por streaming, siempre resuenan las mismas voces y las mismas palabras en mi cabeza, les he escuchado tanto antes de venirme y ahora que estoy aquí, que me parece que ya no dicen nada.
Así que me dedico a programar, programo y programo, me centro en mi trabajo, en el lenguaje python, aunque no puedo olvidarme del lenguaje de los sueños, porque siento dentro mío que se me están escapando. Muchas veces pienso que me he equivocado viniéndome a San Francisco, que la leyenda de Silicon Valley es solo eso, una leyenda, pero entonces me siento en el sofá, leo a Kerouac o a Wolfe y sueño con viajar en un viejo chevy color dorado hasta la Honda mientras suenan a todo volumen los Grateful Dead. Pero éso no pasa y no va a pasar, se que me quedaré programando en una startup eternamente y que me pasaré muchos días mirando de reojo esa primera edición de On the road que tengo junto al monitor.
De vez en cuando, alguna tarde me escapo de Mike y su obsesión por las reuniones de fanáticos del social media, me siento en un parque cerca de North Beach y leo en mi Kindle las historias que no soy capaz de vivir, así pasan las horas, sentado frente a la bahía y de vez en cuando miro de reojo por si pasan Ken Kesey, Steve Jobs o Alan Gingsberg, pero nunca pasan. Cuando me doy por vencido me pongo a caminar, despacio, buscando algún resto del pasado, pero nunca encuentro nada, algunos días incluso no me encentro ni a mí.
Nunca pensé que me sentiría así, tantos años imaginando como sería vivir aquí, el lugar donde las ideas crecen en los árboles, donde cualquiera puede crear el próximo Google o el próximo Apple, y sin embargo, me encuentro viviendo en un pequeño apartamento con vistas al edificio de enfrente. Muchos días me subo a los tranvías con la esperanza de que al bajar haya retrocedido en el tiempo y sean los cincuenta, o los sesenta, o los setenta, o los ochenta, o esos noventa de Google, pero nunca sucede, me quedo atrapado en los diez del tercer milenio. Es posible que esta ciudad me haya devorado las ilusiones, o puede que esas ilusiones no se apoyasen en nada, que fuese todo producto de la publicidad, de ese american way of life, o que me estén esperando a la vuelta de la esquina.