De contar historias

Escribir no es otra cosa que contar historias y saber contar historias no es tan fácil como puede parecer. Ya lo decían en el Cuentacuentos, serie de Jim Henson, “el mejor lugar de la casa junto al fuego, se le reservaba siempre al cuentacuentos”.

Siempre he admirado a la gente que sabe contar historias, que las desgrana y cocina para su fácil digestión, gente que es capaz de hacer ameno cualquier argumento. Muchas veces me siento como si estuviera volando entre dos filos, por un lado el de explicar bien las cosas y por el otro el de explicarlas horrorosamente. Por desgracia creo que caigo muchas más veces por el lado malo del precipicio. Sin embargo, de lo que me doy cuenta es que cuanto más lo intento, más veces me obligo a escribir, las probabilidades de caer por el lado bueno aumentan. Si escribo cinco días seguidos el lado malo encoge y el bueno crece. Debe ser eso que llaman la práctica, o que lo que decía Picasso, “que la inspiración te pille trabajando”.

Me senté en un banco

Me senté en un banco, justo en frente de un chico que comía un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Comía de un modo muy peculiar, daba un mordisco grande, uno pequeño y luego lo masticaba todo bien despacio, era como si la velocidad del mundo que nos rodeaba no fuera con él, como si viniera de una época más tranquila, donde cualquiera tenía tiempo de disfrutar de un buen bocadillo. Lo miré ensimismado un buen rato, me vió mirarle y me lanzó una sonrisa cómplice, se la devolví sorprendido. Pasaron los minutos hasta que me acordé porque me había sentado allí, saqué la cámara para hacerle una foto, pero ya era tarde. El chico se acababa de levantar, convirtió el papel de aluminio en una pelota y jugó con ella hasta que la encestó en una papelera. La foto había pasado delante mío sin que la hubiera tomado, sin embargo, se quedaría dentro de mí mucho tiempo.

Espigas y azul

Nikon D3000 | 55mm | f/8 | 1/320 sec | ISO:100

Instinto asesino

Es en verano con el calor cuando me viene el instinto asesino, cuando ya ha pasado todo el caluroso día, solo queda el bochorno de la noche y por la tele no ponen nada interesante, con suerte, tal vez alguna reposición de una película clásica, de Wilder o de Ford. Es en esos instantes, sentado en el sofá soportando la pegajosa humedad y los ruidos de la calle, con mi mujer a un lado y mi perrita al otro, con el balcón abierto con la esperanza de que corra algo de aire fresco, cuando se acerca al oído con su impertinente zumbido, dios como odio ese zumbido. En la tele ya puede estar John Wayne disparando o Jack Lemmon haciendo de las suyas que en mi cabeza va germinando una sola idea, una idea que se queda clavada en mi mente y lo ocupa todo, la idea de matar. Es mi única obsesión, agarrar algo, una zapatilla o una revista, si es de las ofertas del Lidl mejor, la recomiendo, y estampar al maldito mosquito contra la pared dejando una bonita mancha de Rorschach.

Hotel Cala Viña

Nikon D3000 | 55mm | f/7.1 | 1/200 sec | ISO:100

Buscando el corazón de Tony Bennet

Llegue buscando un sueño, o dos, o tres, siempre he sido muy de soñar, pero aún no he conseguido nada de lo que vine a buscar. Lo primero que hice tras llegar a San Francisco fue la ruta completa, Googleplex, el garage de Hewlett-Packard, un paseo por Alcatraz, una vuelta por North Beach en busca de fantasmas pasados, pero hace tanto tiempo ya de todo éso, que prácticamente no me acuerdo. Ahora simplemente me levanto temprano y me dirijo a la oficina, una de esas oficinas como en las películas, como soñaba en España, con mesa de billar y máquina de videojuegos de los ochenta, el Battlefield 1942 por cierto. Mucho trabajo, mucha tecnología, pero todavía no he sido capaz de encontrar el alma de esta ciudad, aún no he encontrado el corazón de Tony Bennet.

Algunas tardes acompaño a Mike, mi amigo y cómplice en esos ilusionantes primeros meses, a una de esas reuniones o sesiones para emprendedores, entrepreneurship que llaman ellos, gente que pretende cambiar el mundo. Nosotros vamos con la esperanza de que suene la flauta y podamos cambiar nuestro mundo, es decir, convertirnos en un Larry Page de la vida. Pero nunca pasa nada, últimamente ya ni siquiera les escucho, porque ya les he escuchado antes, les he escuchado muchas veces, por YouTube, por streaming, siempre resuenan las mismas voces y las mismas palabras en mi cabeza, les he escuchado tanto antes de venirme y ahora que estoy aquí, que me parece que ya no dicen nada.

Así que me dedico a programar, programo y programo, me centro en mi trabajo, en el lenguaje python, aunque no puedo olvidarme del lenguaje de los sueños, porque siento dentro mío que se me están escapando. Muchas veces pienso que me he equivocado viniéndome a San Francisco, que la leyenda de Silicon Valley es solo eso, una leyenda, pero entonces me siento en el sofá, leo a Kerouac o a Wolfe y sueño con viajar en un viejo chevy color dorado hasta la Honda mientras suenan a todo volumen los Grateful Dead. Pero éso no pasa y no va a pasar, se que me quedaré programando en una startup eternamente y que me pasaré muchos días mirando de reojo esa primera edición de On the road que tengo junto al monitor.

De vez en cuando, alguna tarde me escapo de Mike y su obsesión por las reuniones de fanáticos del social media, me siento en un parque cerca de North Beach y leo en mi Kindle las historias que no soy capaz de vivir, así pasan las horas, sentado frente a la bahía y de vez en cuando miro de reojo por si pasan Ken Kesey, Steve Jobs o Alan Gingsberg, pero nunca pasan. Cuando me doy por vencido me pongo a caminar, despacio, buscando algún resto del pasado, pero nunca encuentro nada, algunos días incluso no me encentro ni a mí.

Nunca pensé que me sentiría así, tantos años imaginando como sería vivir aquí, el lugar donde las ideas crecen en los árboles, donde cualquiera puede crear el próximo Google o el próximo Apple, y sin embargo, me encuentro viviendo en un pequeño apartamento con vistas al edificio de enfrente. Muchos días me subo a los tranvías con la esperanza de que al bajar haya retrocedido en el tiempo y sean los cincuenta, o los sesenta, o los setenta, o los ochenta, o esos noventa de Google, pero nunca sucede, me quedo atrapado en los diez del tercer milenio. Es posible que esta ciudad me haya devorado las ilusiones, o puede que esas ilusiones no se apoyasen en nada, que fuese todo producto de la publicidad, de ese american way of life, o que me estén esperando a la vuelta de la esquina.

#TweetExquisito: “Soy un hombre a un manos libre adherido”

El cadáver exquisito era un juego muy utilizado por los surrealistas en que colectivamente iban añadiendo frases o palabras a una historia sin saber lo que habían añadido los demás. Es una forma muy sugerente de encontrar nuevas ideas, aunque lo más probable sea descubrir los más sonados disparates, algo muy surrealista por otro lado. Aún a riesgo de hacer los mismos disparates he querido probar algo parecido, pero con tweets, y en un derroche de originalidad lo he llamado #tweetexquisito. Para hacerlo he recorrido mi timeline en orden descendente y he recolectado los tweets que no tenían ni replys, ni hashtags, ni enlaces, los más limpios posibles y cuando he tenido diez los he intentado juntar utilizando algunas palabras para darle un poco de formato a la historia. Ha sido un experimento bastante interesante y puede que continúe experimentando con él.

El primer #tweetexquisito puedes verlo a continuación:

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La infección de las estadísticas

Vivimos en un mundo cuantificado, donde las estadísticas son las leyes divinas. Las estadísticas, las audiencias, la penetración, el número de usuarios, la segmentación, el target, son las leyes escritas en las tablas divinas que hay que respetar y venerar con admiración. Y la verdad es que cuesta revelarse a eso, tiene tanta fuerza este dogma que te atrapa sin darte cuenta y te pasas el día pensando como mejorar segmentos, como crecer un porcentaje significativo. Pensamos constantemente en como crecer sin parar, como si la naturaleza fuese así, cuando no hay nada que crezca sin parar, bueno sí, las infecciones, que serían un buen ejemplo de crecimiento ilimitado.

Impresionismo

Decir palabras sin describir la figura, dejar llevar al lector hacia el mismo punto en que la luz y el instante se funden. Dar libertad para crear a todos, escritor, lector, soñador, creadores todos. Literatura visual sin figuras, solo objetos que aparecen y desaparecen entre las palabras. Llorar es algo más que verter lágrimas, reir es algo más que una gran carcajada. La poesía sugiere, la literatura sugiere. ¿Los blogs sugieren?

El poder del consumidor

Los consumidores tenemos el poder porque todas las empresas dependen de nosotros, sin embargo, ellas lo saben y nosotros no. Eso nos vuelve débiles y a ellos poderosos, el conocimiento siempre ha sido una fuerza muy poderosa. Muchas veces nos hacemos dependientes de sus productos de forma fortuita y con el tiempo nos creemos adictos. No nos damos cuenta de que como consumidores tenemos un gran poder y no es otro que el de consumir, más bien, el de elegir que consumir y que no consumir. Eligiendo que consumes, aunque sea de manera individual, estás golpeando en la línea de flotación de las grandes empresas. Puede parecer que uno solo puede hacer poco daño a una empresa que gana miles de millones de euros destruyendo el planeta, fabricando armas y empleando niños, pero se comienza por un pequeño agujero en el casco del barco y con el tiempo el agujero se irá haciendo más grande mientras el agua inundará los compartimentos llevando a pique al pretencioso yate.