El lago

La luna se reflejaba en las aguas del lago, mientras un profundo silencio, denso, empapaba el ambiente. Los grandes abetos se movían como elegantes y lentos gigantes. Por encima de ellos las tintineantes estrellas inspiraban otros mundos más allá de la transparente atmosfera. La no existencia de ningún ser humano a menos de 40 km me creaba una sensación de soledad y excitación indescriptible. La barca donde meditaba, vieja y hecha con tablones medio carcomidos, se balanceaba sobre la insondable profundidad del lago. La belleza poética de la noche, con su frío abrazo del norte, me reencontraba con la creación, con la vida. Mi apesadumbrada alma renacía un millon de veces cada segundo. Solo la contemplación de semejante espectáculo expiaba mis pecados, los pecados de la humanidad.

De pronto el silencio se hizo más intenso. Un silencio que resonaba en mis oídos. Un silencio áspero que recordaba la fragilidad del ser. Mi cuerpo rechinó y me conbulsioné. Caí de espaldas sobre los tablones roídos. Entre mí y la profundidad oscura del lago solo había un par de centímetros de vieja madera de arce. Una profundidad infinitamente mayor se alzaba ante mis ojos. Una profundidad de millones de estrellas, de distancias inimaginables. Entonces fue cuando una bocanada de aire se escapó de mis pulmones, un aire ardiente, con un cierto sabor amargo.

No volví a inspirar hasta pasados unos segundos, creo, pero sentí como si hubiera estado una eternidad sin respirar. Estaba muerto, viajando entre las estrellas, luchando contra mis demonios, contra los demonios de todos los seres vivos. Cuando volví a respirar, una paz me inundo. Un calor especial recorría cada centímetro de mi cuerpo, el frío viento del norte ya no me afectaba. Tumbado en mi miserable barca, con la mirada perdida entre los mundos de más allá de la imaginación humana me llené de piedad, de misericordia por todos los seres del planeta, por todos los seres del universo.

La luz empezó a salir por el este. Tímidos rayos recortaban la figura de los colosos nevados, me levanté y dí las gracias. Días después volví a la ciudad, pero ya era diferente, yo era otro. El lago me había cambiado.