Es verano

Calor, calor y más calor. Eso es lo único que puede procesar mi cerebro en estos días. Un calor asfixiante, que te va derritiendo las células del cuerpo poco a poco. Un calor pegajoso, tropical, ecuatoriano, venusiano, solar. Mi mente se enlentece y todo el cuerpo se va aletargando. La camiseta se pega como un trapo viejo y húmedo.

La calle es una especie de parrilla donde los valientes se van cociendo en su jugo. Quedando como las gambas, como los cangrejos, rojos escarlata. Así es el verano, calor, sudor y quemaduras. De pequeño a éso le añadías bicicletas, tiritas y piscina todo el día. Pero con la edad la bicicleta se convierte en una fábrica de sudor, la piscina sólo es para cuando ya se han ido los niños y las tiritas ya no son necesarias.

Calor, calor y más calor. Un palabra que se me va clavando en los pensamientos y me vence poco a poco. Ni las más fresca imagen de un gran glaciar en las montañas más altas puede evitar sentir este calor pegajoso. Y no hay refugios, quizás el coche. Ese lugar donde hay unas letras mágicas, A/C. Y empiezas a vagar sin rumbo, con la ilusión de no tener que detenerte nunca. De seguir en el frescor del coche.

Pero llega un momento especial, el sol se rinde por fin. Deja de avasallarnos con sus rayos y logramos una pequeña tregua. La noche, fresca, serena. Sales a la calle y te dejas llevar. Tus pies comienzan a responder, las células de tu cuerpo se van despertando, vuelven al estado sólido. Te sientas un rato en un banco. Miras al cielo, no hay sol, sólo estrellas. Un pequeño golpe de aire fresco te acaricia la cara. Lo has conseguido, has pasado otro día. El glaciar ya tiene hueco en tu mente, el sol se ha rendido. Pero sólo ha sido por unas horas. Sabes que mañana será igual. Es verano.